miércoles, 1 de septiembre de 2010

Penélope, con su bolso de piel marrón, y sus zapatos de tacón, y su vestido de domingo.
Penélope, se sienta en un banco del andén y espera a que llegue el primer tren, meneando el abanico. Dicen que en el pueblo que un caminante paró su reloj, una tarde de primavera. "Adiós, amor mío, no me llores, volveré antes que de los sauces caigan las hojas. Piensa en mí, volveré por ti."
Pobre infeliz, se paró tu reloj infantil una tarde plomiza de abril, cuando se fue tu amante. Se marchitó en tu huerto hasta la última flor, no hay ni un sauce en la calle mayor para Penélope.
Penélope, tristes, a fuerza de esperar, tus ojos parecen brillar si un tren silba a lo lejos. Penélope, uno tras otros los ve pasar. Mira sus caras, les oye hablar: para ella son muñecos.
Dicen en el pueblo que el caminante volvió, la encontró en su banco de pino verde. La llamó "Penélope, mi amante fiel, mi paz. Deja ya de tejer sueños en mi mente. Mírame, soy tu amor, regresé." Le sonrió, con los ojos llenitos de ayer, no era así su cara ni su piel. "Tú no eres quien yo espero."
Y se quedó con su bolso de piel marrón y sus zapatitos de tacón, sentada en la estación...

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