Aquel mensaje que no debió haber leído, aquel botón que no debió haber pulsado. Aquel consejo torpemente desoído, aquel espacio, era un espacio privado. Pero no tuvo ni tendrá la sangre fría, ni la mente clara y calculadora, y aún creyendo saber en lo que se metía, abrió una tarde aquella caja de pandora.
Y la obsesión desencripta lo críptico, viola lo mágico, vence a la máquina; y tarde o temprano nada es secreto en los vericuetos de la informática.
Leyó a mordiscos en un lapso clandestino tragando aquel dolor que se le atragantaba, sintiendo claramente el riesgo, el desatino de la pendiente aquella en la que se deslizaba. Y en tres semanas que parecieron años perdió las ganas de dormir y cinco kilos, y en flashbacks de celos aún siguen llegando las frases que nunca debió haber leído.
Y en esa espiral la lógica duerme, lo atávico al fin sale del reposo. Y no hay contraseña, prudencia, ni pin, que aguante el embate de un cracker celoso.
Los niños nunca deberíamos ir a la cama, cuando despertamos somos un día más mayores.
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viernes, 30 de noviembre de 2012
viernes, 1 de julio de 2011
¿Dónde termina tu cuerpo y empieza el mío? ¿Dónde termina tu cuerpo y empieza el cielo?, no cabe ni un rayo de luz. ¿Cuánto de esto es amor?, ¿cuánto es deseo? ¿Se pueden, o no, separar? Si desde el corazón a los dedos, no hay nada en mi cuerpo que no hagas vibrar. ¿Qué tendrá de real esta locura? ¿Quien nos asegura que esto es normal?
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